Hay hombres que no nacen para transitar la vida de rodillas, sino para hendir el viento como los cóndores del Famatina. Alberto Gabriel Ocampo fue uno de ellos.

Llegó a este mundo en los albores del siglo veinte, en Sañogasta, entre la bravura de la tierra roja y el rumor antiguo de los cerros. Domador de potros chúcaros en su niñez y custodio de la palabra viva en su madurez, su destino no conoció la tibieza: o se encendía en verso o se batía en las trincheras del honor.

Fue el mismísimo Joaquín V. González quien vio arder en ese joven de Chambergo alado y corbata amariposada el fulgor del genio nativo, coronándolo al pie de la Tribuna de Demóstenes en Samay Huasi. Desde entonces, Ocampo convirtió su voz en vendaval. Conmovió multitudes en recitales que paralizaban las ciudades de Cuyo, fundó diarios con sus propias manos de tipógrafo y convirtió las aulas y la sombra de sus algarrobos en templos de fraternidad para generaciones de discípulos.

Jamás claudicó ante el poder ni vendió el silencio. Pagó el precio de su coraje con el exilio, la proscripción y las heridas de bala que llevaron en el cuerpo como medallas sagradas de sus luchas civiles. Ni las balas ni el olvido pudieron doblar la estatura de quien escribía con el alma pegada al terruño y la mirada fija en las cumbres nevadas. Alberto Gabriel Ocampo, el poeta telúrico, maestro de la estirpe y vigía insomne de la patria chica, demostró que la palabra libre es más eterna que la tiranía de los mediocres y más alta que los propios Andes.

“…entre la bravura de la tierra roja y el rumor antiguo de los cerros…” reemplace tierra roja por tierra fértil “…entre la bravura de la tierra fértil y el rumor antiguo de los cerros…”